PAULA: MEDITACIÓN ACUÁTICA

"Me sentía plena. Me sentía danzando en el agua, conducida por el agua misma. (...) A pesar de los múltiples cursos de Mindfulness y tipos de meditación que he tomado, por primera vez había logrado estar en el aquí y el ahora. (...) Fue como volver a despertar, abrazar la conciencia, que despierta, para volver a nacer, volver a ser".

Hace un par de semanas viví lo que diría, fue una de las experiencias más maravillosas y profundas que podría haber imaginado. No sabía a lo que iba, pero la vida me sorprendió con este regalo; la terapia acuática.

Venía saliendo de atravesar un momento muy duro en mi vida personal. No me sentía bien conmigo, pero quería encontrar un poco de calma. Es por ello que pensé en tomarme unas vacaciones, escaparme al sur y de pasada poder dejarme acompañar por la Coté, con quién ya había experimentado otras terapias en momentos similares del pasado.

Necesitaba descansar de mi entorno, pero me asustaba. Los últimos tres meses habían sido realmente duros.

Como me iba a su casa, de pasada me comentó la posibilidad de vivir una experiencia diferente, una de sus nuevas opciones de terapia.

Había visto publicidad en sus redes sociales sobre estas sesiones acuáticas, pero no me llamaba la atención porque, debo confesar, le tenía miedo al agua. De chica tuve experiencias traumáticas que me hicieron no querer volver a meterme al mar y aprendí a nadar (no muy bien) a los 10 años. Por esto mismo, bañarme en piscinas no es necesariamente sinónimo siempre de relajo para mí. No estaba segura si quería vivir la terapia, por mi miedo al agua. Pero Coté sabía de mi historia, por lo sentí que si me lo estaba proponiendo, era por algo.

Cuánto agradecimiento por su ofrecimiento. Llegó el día y estaba nerviosa. Decidí hacerme disponible, entregarme e ir. -La Coté sabe lo que hace- pensaba.

Llegamos a la piscina. No quería saber mucho, tampoco quería preguntar, aunque tenía infinidad de interrogantes e inquietudes. No quería que este fuera mi único espacio terapéutico, quería la parte de la conversa, el diálogo. Quería respuestas a lo que estaba viviendo, y “la terapia en el agua” no podría ayudarme a eso, pensé. Había escuchado de soslayo que existiría la posibilidad de “inmersión”, de que me sumergiera por momentos.

¿Cómo sabré cuándo será? ¿Cómo sabré si puedo hacerlo? -Pau, tú solo confía. Solo cierra los ojos, y déjate llevar– me dijo. 

Llegó el momento de comenzar. Me sentí como lo que imagino sería volver al vientre materno. Me sentía plena. Me sentía danzando en el agua, conducida por el agua misma. Coté era solo un instrumento que permitía que mi cuerpo se dejase conducir como debía moverse, donde ella era solo una guía. Me sentía un delfín –mi animal favorito, por cierto–. No sé ni cómo pasó ni en qué minuto, pero mi cuerpo simplemente supo qué debía hacer.

Fue entonces que, en un momento, tomé conciencia de ello y me sorprendí a mi misma de la espontaneidad con la que sucedía todo. Yo, quién en reiteradas ocasiones había querido trabajar mi “espontaneidad”, ahora estaba "danzando" en el agua dejando fluir absolutamente todos los pensamientos y emociones que venían a mí. Ese dejar fluir es un regalo que solo el agua puede regalar, agua que fluye. El abanico de emociones inunda el ser completo, pero simplemente fluyen. A pesar de los múltiples cursos de Mindfulness y tipos de meditación que he tomado, por primera vez había logrado estar en el aquí y el ahora.

Yo, que siempre había calculado todo y que necesitaba hablar de lo que me pasaba, me veía moviéndome libremente por el agua, dejando a mi persona ser conducida. Mi cabeza, mi ser racional no se oponía. Muy por el contrario, lo disfrutaba, lo gozaba, lo compartía. Esa disociación que había sentido siempre, por un momento se esfumaba, para dejar paso simplemente al goce, al presente.

Eso sí, no voy a decir que todo es tan maravilloso como suena. En un momento mi cuello comenzó a doler muchísimo. Y comprendí que era precisamente esa “lucha” interior donde la cabeza cuesta que se entregue, e intenta mantener el control. Intenta luchar por sacarnos a flote, por el posible miedo a hundirse, a verse inundada, por pensar que algo podría pasar, que pueda faltar el aire. Pero el resto de mi cuerpo estaba tan entregado y confiado, que poco a poco se fue vivenciando realmente como un solo cuerpo, un solo ser. En ese momento ya no era cabeza-cuerpo, era una sola, Pau.

Fue un viaje maravilloso del que no tengo palabras para expresar lo que se vive en el momento y creo que eso es lo hermoso. Que cada uno probablemente lo vivencia diferente, llegando incluso a ser difícil ponerlo en palabras. Fue como volver a despertar, abrazar la conciencia, que despierta, para volver a nacer, volver a ser. Dejarse estar a la deriva, inundada de emociones, pero siempre segura, a flote.

Es tan potente que volvería a entregarme solo por volver a ese encuentro conmigo, en que todo simplemente es. No exento de miedos, pensamientos, emociones, pero todo simplemente ocurre, fluye. Y mi ser pudo jugar a ser sí mismo por un lapso de tiempo que recordaré por siempre.

El cuerpo no se hunde, la conciencia tampoco. A veces habrá que darse vueltas, aguantar la respiración y sumergirse, pero la sorpresa está en que la salida a flote puede ser un regalo tan grande y más armonioso de lo que uno puede imaginar, más relajante y lo más importante, permite el ingreso de nuevos aires.

Estoy agradecida de la Coté por ser herramienta, canal y medio para que uno se conecte consigo misma donde ella simplemente se dispone a canalizar lo que finalmente una misma trae y es. La conversación igual se dio, pero en un plano diferente, donde las búsquedas habían cambiado.

Gracias Dios. Me vuelvo regalada.

 

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