Nada es lo que parece (sobre el coronavirus)

El problema actual no es el coronavirus, sino cómo nos relacionamos con él.

Si luchamos, entramos en un modo de guerra. ¿Qué ocurre en la guerra? Las personas viven en estado de alerta permanentemente listos para luchar o huir, entre otras cosas. ¿Qué queda después de la guerra? Miseria y pobreza, nunca paz como se nos ha dicho. 

 

Entras en estado de guerra cuando crees que el coronavirus es un enemigo a quien hay que aniquilar. El coronavirus no es el problema, las cosas no son lo que parecen ser. El problema es la falta de sentido que tiene nuestra vida y que, desde ahí, demonicemos la muerte y vivamos temiéndole, evitándola y aferrándonos a la vida aunque no sea sostenible. El problema es que no sabemos estar con nosotros, entonces nos angustia el quedarnos en casa, que en realidad no es otra cosa que una invitación a entrar “en el propio corazón”. El problema es que creemos que “nos unimos contra el virus para ser más fuertes” y lo único que hacemos es separarnos entre nosotros, reforzando la idea de que los otros son potenciales agentes de contagio, abriéndole paso al miedo y la separación y eso es lo que más debilita nuestro sistema inmunológico. 

 

Con esto no digo que salgamos a la calle sin cuidados ni precauciones, se trata de recordar el amor que somos, antes que cualquier otra cosa. Digo que te quedes en casa aprovechando el tiempo para volver a ti –aprovechando además, que puedes quedarte en tu casa y que tienes casa para quedarte-. Digo que si sales, lo hagas con precaución recordando que el ser humano que te encuentres no es tu enemigo y potencial contagiador, es tu hermano o hermana que también tiene una necesidad. Se trata de mantener la confianza despierta porque por fin estamos volviendo a nuestro lugar en el mundo como especie; una especie creadora y creada, que necesita a la naturaleza para vivir y que la única certeza que tiene al nacer, es que algún día morirá. Todo lo que ocurra entre medio –es decir la propia vida- es una incertidumbre.  

 

La muerte no es demoníaca. La muerte no es enemiga. La vida es la vida gracias a la muerte. Con cada inhalación le abrimos paso a la vida en nuestro cuerpo y con cada exhalación soltamos la vida y nos entregamos a la muerte, confiando en que volveremos a inhalar prontamente. Pero en realidad, no lo sabemos. Nos auto convencemos de que esta vida es una lucha, que a mayor sufrimiento tiene más sentido y que el objetivo primordial es retrasar la muerte, aunque eso implique sobre vivir a base de elementos artificiales, costosos, que implican esfuerzo y sufrimiento para muchos. La vida es el regalo de estar aquí y ahora, por solo un ratito, disfrutando de cosas y seres con los que nos relacionamos en libertad, que no podemos poseer ni controlar, con quienes podemos abrirnos a compartir aceptándonos como somos y eligiendo con quienes queremos relacionarnos y crecer. 

 

La vida que tienes ahora es la vida que necesitas para aprender las lecciones que tu Ser necesita aprender y, probablemente, sea una vida tremendamente privilegiada incluso con todo lo que tú crees que podría mejorar. ¿Cómo sabes que está bien que vivas lo que estás viviendo? Simplemente porque te está ocurriendo. Si quieres hacer un cambio en tu vida, empieza cambiando tú primero y recuerda que todo proceso de cambio comienza aceptando lo que es. 

 

Aprovecha este tiempo en que la vida nos invita a detenernos, a demorarnos. Aprovecha de habitarte, entrar en tu propio Ser, reconocer tus virtudes y recursos y ver más allá de lo aparente. Nada es lo que parece y recuerda que tú, sí tú, eres un ser maravilloso. 

 

 

 

Link columna diario: https://www.eha.cl/edicion/edicion-31-03-2020-863#

 

 

 

 

 

 

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